
Serie de ilustraciones análogas realizadas en un principio con dibujo automático.
La Mano Izquierda viene como una ráfaga de viento, sin invitación pero bienvenida. Tiene una mente propia que no debe ser comandada, es libre de todo sentido y como tal debe ser aceptada. La mano izquierda tiene un lenguaje propio, pues de sus líneas que en un principio parecen caóticas, se desprende un orden místico y oculto que debe ser terminado por la razón.
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The Left Hand comes like a gust of wind, uninvited but welcome. It has a mind of its own that should not be commanded, it is free of all meaning and as such it should be accepted. The left hand have her own language, because from its lines that at first seem chaotic, a mystical order emerges that must be finished by reason.
























































Memoria descriptiva
El proceso comienza con un ejercicio de dibujo automático. Sobre el papel, la mano se mueve sin dirección ni control consciente, dejando líneas erráticas que no buscan representar nada en particular. No hay intención, solo movimiento. El resultado es un entramado de trazos al azar, un caos visual sin forma definida.
Es entonces cuando el ojo interviene, buscando significado donde antes solo había desorden. Como si siempre hubieran estado ahí, las figuras comienzan a emerger del laberinto de líneas. Cuerpos desnudos, entrelazados en una danza silenciosa, atrapados en una dimensión que solo existe cuando alguien logra verla. La tinta los rescata, definiendo los contornos de su existencia.
Cuando la pieza es escaneada y la luz digital la toca, la obra se transforma una vez más. Los colores no solo rellenan, sino que revelan. Cada sombra y cada resplandor refuerzan la sensación de que estas figuras siempre han estado allí, esperando ser liberadas. Y así, con cada obra, se reafirma la certeza de que la creatividad no es un acto solitario, sino un diálogo con algo más grande, con una zarpa fantasma que guía la creación desde el otro lado del umbral.
The process begins with an exercise in automatic drawing. On the paper, the hand moves without direction or conscious control, leaving erratic lines that do not seek to represent anything in particular. There is no intention, only movement. The result is a network of random strokes, a visual chaos with no defined form.
It is then that the eye intervenes, seeking meaning where there was once only disorder. As if they had always been there, figures begin to emerge from the labyrinth of lines. Naked bodies, intertwined in a silent dance, trapped in a dimension that only exists when someone manages to see it. The ink rescues them, defining the contours of their existence.
When the piece is scanned and the digital light touches it, the work transforms once more. The colors not only fill but reveal. Each shadow and each gleam reinforce the sensation that these figures have always been there, waiting to be freed. And so, with each work, the certainty is reaffirmed that creativity is not a solitary act, but a dialogue with something greater, with a phantom claw that guides creation from the other side of the threshold.